viernes, 3 de octubre de 2008

Bares clandestinos itinerantes

Llega el viernes después de cuatro agónicos días y en muchas cabezas sólo suena una palabra: “Cerveeeza”.

Los viernes son días en que los capitalinos buscamos dónde iniciar el fin de semana como se merece, con una fiestota para poder descansar como Dios manda sábada y domingo.

Muchos recurren a los lugares de costumbre ubicados en las colonias de siempre, la Roma, la Condesa, Polanco, Coapa o Satélite, pero hay otros que están pendientes de su correo electrónico para saber dónde se ubicará este fin de semana uno de los muchos bares clandestinos itinerantes que hay en la Ciudad de México.

Se trata de bares clandestinos porque no tienen las licencia de funcionamiento, pero cobran la entrada y venden cervezas y bebidas enlatadas. Hay algunos que tienen un servicio sencillo de barman para cocktelería, pero son pocos porque su calidad de nómadas hace difícil moverse con botellas y utensilios.

Cada semana cambian de ubicación, se pueden establecer en una casa, en una bodega, en un jardin o en una sala de fiestas o en lugares estrafalarios como estacionamientos de varios pisos, una carpa de circo y hasta en un terreno baldío.

La voz se corre de borracho en borracho, digo, de capitalino en capitalino y cuando te vuelves cliente, entonces te avisan por correo electrónico y hasta por mensaje al celular.

¿Por qué son clandestinos? Porque en esta ciudad establecer un bar legal es tarea de locos. Estamos hablando de tres meses de trámites y una vez que empiezas a operar tienes que enfrentarte a esos “honestos” señores que son los inspectores de las delegaciones, que son auténticos delincuentes de la extorsión.

Les cuento un ejemplo. Se trata del bar Irreversible, un lugar chiquitito que se abrió en los límites de la Condesa. Las bebidas eran baratas, tú ponías el ambiente y nadie se metía contigo.

Todo funcionó bien hasta que llegaron los inspectores de la delegación y acusaron al dueño de hacer mucho ruido y le pedían 20 mil pesos por no clausurar. No hubo dinero y lo cerraron. El propietario optó por dejar el negocio antes que trabajar para extorsionadores.

Este es un ejemplo de cientos que ocurren en la ciudad. Por eso, alguna vez alguien abrió la casa de sus abuelos, que era muy grande, para reunirse con amigos y mandó pedir cajas de cervezas para la fiesta que se pagaban con vaquitas.

Como el ambiente era bueno, la casa se fue llenando de “amigos de los amigos” y fue más práctico vender las cervezas y luego empezaron a cobrar la entrada. Con todo y eso, era más barato ir ahí que a uno normal.

Y se empezó a correr la voz...

Al principio había uno allá por Coyoacán, uno en Satélite y otro en la Roma.

Más allá de la borrachera, esos bares se volvieron una experiencia cultural, porque siempre había show espontáneo. Podía ser un grupo de rock o de música alternativa que se echaba un palomazo; o un grupo de acróbatas que llevaban sus arneses gigantes o artistas que improvisaban performances o instalaciones, pero siempre había algo distinto.

También estaba el borracho al que le gustaba hacer poesía y declamarla, o algún espontáneo que le declaraba su amor a una muchacha con un mural dibujado con gis o alguna estrella musical venida a menos que recordaba sus viejos tiempos de fama.

La bronca es que cada vez empezó a llegar más gente y con ella problemas como el ruido, la basura y la falta de estacionamientos.

Los vecinos se quejaron y esos lugares fueron clausurados. Entonces empezaron a moverse, a cambiar de sitio cada vez para evitar problemas.

Y así nacieron los antecedentes de las primeras redes sociales, donde todos los “clientes” nos notificamos entre todos por email o por mensaje de texto.

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